
Marrakech. Pienso que las ciudades deben ser singulares, Marrakech, lo es.
Como he comentado en varias ocasiones, no pretendo que este espacio, sea
una recopilación de informaciones varias y de cierta utilidad, para eso está la
red llena con muy buenas páginas y otras de no tan buenas, si necesitas buena
información general sobre Marrakech, cliquea aquí, mi intención es otra muy
diferente, principalmente visiones, sensaciones y sobre todo transmitir al lector/viajero,
cuáles son mis visiones sobre esos lugares.
Son muchos los artistas que a través de los años, han pasado por la ciudad,
desde Pierre Loti a Ives Saint Laurent, pero si hay alguien, bajo mi punto de
vista, que describe a las mil maravillas una ciudad como Marrakech, ese es sin
duda, Juan Goytisolo, sin entrar a valorar, naturalmente, cualquiera de sus
tendencias, religiosas, políticas o sexuales, eso sería mejor dejarlo para el
faranduleo..
Para ir haciendo boca, os sugiero leáis este articulo, escrito por Goytisolo,
sobre esa realidad, llamada Marrakech:
Españolas en París, moritas en
Madrid.
“En la actual temporada turística, la presencia española en Marraquech
puede difícilmente
pasar inadvertida. Grupos de jóvenes y menos jóvenes, pertrechados a menudo
de todo lo
necesario para su aventura "personalizada" en el desierto, pasean
por los zocos de la medina
vestidos de Coronel Tapioca o exploradores de El Corte Inglés. Pisan fuerte
y recio, en una
actitud de condescendencia simpática con los indígenas. Discuten en los
cafés de compras y
regateos, de las maneras de eludir la invitación aviesa de los bazaristas,
de sus encuentros
"casuales" con guías no oficiales, del peligro hipotético de
hipotéticos carteristas. Una amiga
me refirió la irrupción de un mozo de mil bolsillos, distribuidos en su
pantalón, chaleco y gorro,
en uno de los estancos más concurridos de la plaza. Se había adelantado a
la cola de los que
esperaban y asestó contundentemente a su dueño: "¡Eh, tú, dame un
paquete rubio marroquí!".
Me acordé de- la frase de Borges: "Los españoles no hablan mejor que
nosotros; hablan más
alto".
Esta llegada masiva de nuevos ciudadanos europeos - lo somos ya, por la
gracia de Dios,
desde hace 14 años- me recuerda a veces la que, a comienzos de los sesenta,
se volcó en
España, ansiosa también de sol y exotismo. ¿Hablaban tal vez de nosotros
aquellos franceses
y alemanes como nosotros hablamos hoy de los moros? Mientras intentaba
establecer un
posible paralelo entre ambas situaciones y sus protagonistas, una compatriota
admiradora
como yo, dijo, "de Marruecos y los árabes" se presentó a
saludarme en una de las terrazas a
las que suelo ir al anochecer. Había seguido mi intervención en algún acto
cultural madrileño y
sintonizaba, afirmó, con mis ideas y sentimientos.
"Sí, es un país atrasado, pero me gusta. Aunque muchos digan que los
moros
son muy distintos de nosotros y que no te puedes fiar de ellos, si les
educas un
poco, te son fieles y se portan bien. Figúrese que en casa tengo a una
morita del
norte, que habla español. La pobre no sabía ni jota de nuestra cocina ni de
nuestras costumbres, y he debido enseñárselo todo: cómo guisar, lavar la
ropa en
la lavadora, servir la mesa... Si no le dices haz esto y eso y aquello', se
queda
sentada en un rincón, con la fatalidad de esa gente. Pero es limpia y muy
escrupulosa con el dinero de la compra. A veces me olvido el monedero en
casa
y nunca me ha faltado nada ..."
La música sonaba de modo familiar en mis oídos. Aunque los emigrantes
españoles de los
cincuenta y sesenta del siglo que nos deja no naufragaban en pateras ni
debían escalar cercas
con torres de vigilancia y alambre de púas, sufrían no obstante de las
humillaciones del
racismo cotidiano y administrativo de los países de acogida. José Ángel
Valente me recordaba
hace poco que en 1955, los que llegaban a la estación de Ginebra eran
separados de los
demás viajeros y desinfectados por los servicios sanitarios suizos.
De vuelta a casa, mientras me esforzaba -empeño inútil- en poner un poco de
orden en mi
biblioteca, di con el ejemplar de un manual destinado a ayudar a las
sirvientas españolas
recién, llegadas a Francia así como a sus amas todavía no adiestradas en el
manejo del léxico
doméstico en nuestra lengua indispensable al buen funcionamiento del hogar.
Se titula Guide
bilingüe ménager con el dibujo de una españolita con delantal y cofia,
impreso en París en
1964.
Por una serie de circunstancias que no vienen al caso, el apartamento en el
que vivía con
Monique Lange se convirtió en otoño de 1956 en un punto de cita de
numerosas sirvientas de
la región valenciana (fue el año de la helada que quemó los naranjos y, a
consecuencia de ello,
millares de peones agrícolas emigraron con sus familias a la cercana, pero
culturalmente
remota, Europa). Gracias al círculo de amistades de Monique, conseguí
colocar a una buena
veintena de ellas a veces en familias tan ilustres como la del etnólogo
Levi-Strauss. Los
domingos y días festivos, les bonnes -así llamaban entonces las señoras
francesas a sus
españolas- acudían a casa, solas o con sus maridos, y allí discutían de las
virtudes y defectos
de sus patronas y patrones, de sus ritos y costumbres domésticos y extraños
gustos culinarios.
Un periodista aficionado al comadreo, de los que tanto abundan ahora,
hubiera podido
componer un sabroso artículo moteado de negritas sobre las intimidades,
grandezas y miserias
de algunos famosos.
Pero vuelvo al Guide bilingue ménager que el azar puso en mis manos. El
manual se divide en
una serie de apartados referentes a compras, cocina, lavado, planchado,
servicio de mesa,
etcétera, cuya lectura, treinta y pico años después, me supo a gloria. Por
ello me permitiré
reproducir algunos párrafos del mismo para ilustración del lector de hoy:
"Debe Vd. saber que
él, sobre todo si se siente en confianza. No se inquiete si un día
encuentra su cocina invadida
por un grupo de amigos o parientes españoles, recién llegados a Francia sin
nada para comer,
ni dónde dormir... pero sobre todo no piense que tiene que hospedar, a la
fuerza, a toda
España y que los Españoles son unos invasores y unos frescos ..."
"El Español tiene el sentido del deber y no el de la reivindicación,
tan querido del
Francés. En general, no se queja y acepta su condición, con esa fatalidad
heredada de la ocupación árabe".
"No intente tampoco discutir y razonar, utilizando su lógica deductiva
francesa. En
la mayoría de los casos, el Español no le comprenderá, pues es más bien
intuitivo".
"Con buena voluntad de las dos partes para adaptarse, para aceptar
mutuamente
las diferencias de mentalidad... tendrá en su casa a una empleada española
fiel,
trabajadora y alegre ..."
Tras estas generalidades sociológicas -cuyo posible parecido con las
expuestas por la buena
señora sobre su "morita" sería pura coincidencia-, el manual se
extiende en consejos y
explicaciones tocantes a la limpieza, el silencio, las buenas maneras,
todos los cuales
merecerían una reproducción in extenso. Ante la imposibilidad de hacerlo,
me limitaré a espigar
de ejemplo las reflexiones acerca de la cocina:
" El trabajo de la empleada española consistirá en hacer la cocina cotidiana
y los
platos franceses más corrientes... Es necesario que en adelante aquélla se
olvide
de las costumbres españolas, muy diferentes de las nuestras, y no se
acuerde de
ellas sino el día en que la familia francesa, ávida de novedad y folklore,
le pedirá
de (sic) hacer un plato español típico. El francés tiene un privilegio -o
una pega-
con respecto a las otras naciones: ¡tiene un hígado. Cuídelo y conserve
intacto
este órgano al cual (sic) nos interesamos tanto. No querernos decir con
esto que
la cocina española sea incomible ni menospreciada en Francia, ¡Lejos de
nosotros tal afirmación, que sería contraria a la realidad y a nuestros
propios
gustos! Pero el francés está muy orgulloso de la reputación de su cocina y
se
muestra puntilloso en preservarla", etcétera.
Fotocopié algunas páginas del manual con la intención de ofrecérselas a mi
simpática
interlocutora madrileña; pero no volví a verla en el café. Escuché, eso sí,
varias conversaciones
sobre los moros y Marruecos. Pese a las incomodidades del viaje y altas
temperaturas de la
estación, el desierto parece haber fascinado a todo el mundo (sus
habitantes, mucho menos).
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Pero no oí ningún comentario de mis compatriotas a la lectura de los
diarios, con titulares
referentes al muro de la vergüenza de Ceuta, al naufragio de las pateras y
al baile de máscaras
de los giles y gilis de Melilla Probablemente porque se trata de sucesos y
hechos acaecidos en
un planeta distinto.”
También, os sugeriría, si os interesa de alguna manera especial esa ciudad,
leáis Makbara, del mismo autor:
"para
facilitar el primer contacto,
Fodor propone, al revés, una irrupción matinal por Bab Fteuh, a fin de captar
muy a lo vivo el increíble bric-à-brac de sus mercados
Nagel, Baedeker, Pol, más precavidas, sugieren una aproximación leve y
discreta: pillarla de flanco sin prevención ni aparato, y dejarse arrastrar por
el gentío hasta desembocar inopinadamente en ella
couleur locale breakaway fascinación
y sin embargo
como una araña, como un pulpo, como un ciempiés que se desliza y escurre,
bulle, forcejea, elude el abrazo, veda la posesión
todas las guías mienten
no hay por donde cogerla
ágora, representación teatral, punto de convergencia : espacio abierto y
plural, vasto ejido de ideas
campesinos, pastores, áscaris, comerciantes, chalanes venidos de las centrales
de autocares, estaciones de taxis, paradas de coches de alquiler somnolientos :
amalgamados en una masa ociosa, absortos en la contemplación del ajetreo
cotidiano, acogidos a la licencia y desenfado del ámbito, en continuo,
veleidoso movimiento : contacto inmediato entre desconocidos, olvido de las
coacciones sociales, identificación en la plegaria y la risa, suspensión
temporal de jerarquías, gozosa igualdad de los cuerpos"
A partir de aquí, podríamos llenar
miles de líneas, de tópicos de mitos y leyendas, hablando de su famosa plaza o
de su historia, con sus Almoravides, o de su glamour, cada día menos glamouroso
por cierto, o de ese nuevo Marrakech, con nuevos moradores, discotecas de
cadena o Riads que nunca lo fueron, babuchas a 1 euro, plata toureg de extraña
procedencia, danzas del vientre y DJ,s famosos en esos ambientes.
Marrakech, continúa, muy a pesar de todo eso, siendo la ciudad que fue, con
sus puestas de sol, sus olores u esas sensaciones, que ningún especulador del
mundo, por bueno que sea, podrá acabar, todo bajo la mirada atenta, de un Atlas
nevado, cercano, próximo, que convierte los calurosos días de primavera, en
noches frescas y agradables.
Disfruta Marrakech, vive Marrakech.
